¿Hacia dónde va la escuela?

por Amalia Boccolini

“Si enseñamos a los alumnos de hoy, como enseñábamos ayer, les estamos robando el futuro.”
J. Dewey

Poder despertar en nuestros niños lo que tienen dentro de sí, haciéndolos partícipes de una “experiencia consciente“, una experiencia que mueva al extremo los sentidos, es hacia donde debemos poner la mirada. Algo de esto nos cuenta el Prof. inglés Sir Ken Robinson:

transformar la escuelaEl filósofo francés Michel Serres (2013) dice que, para transformar la escuela, es necesario escuchar el ruido de la demanda, aquello que la sociedad está pidiendo, que está haciendo. Mirar el nuevo movimiento de los cuerpos. Los cuerpos no se alinean, se distribuyen, se desparraman, y frente a una computadora, o dispositivo móvil, los cuerpos no toman postura de pasajero, toman postura de conductor. Vale entonces, hacer explicito en la escuela, el futuro que implican las nuevas tecnologías, y entenderlas como parte de la voz de la demanda y del movimiento de los cuerpos del nuevo ciudadano.

Los ambientes con alta disposición tecnológica le brindan al educador,  la oportunidad de crear una atmósfera creativa, independientemente de qué materia se imparta. Enseñar y aprender, movilizando casi todos los sentidos. Porque hablar de nuevas tecnologías, implica hablar de estímulos multisensoriales. Estímulos, que aprovechados intencionalmente por un educador, puede “motivar, “despertar la imaginación” y la “creatividad” en los estudiantes.

Necesitamos que los profesores se atrevan a desafiar la rutina del trabajo diario, que generen ambientes sensoriales, de comunicación, donde los alumnos se sientan acogidos, estimulados para expresar sus ideas, sus pensamientos, sus emociones, sus sentimientos, y que esto, se asuma como parte del proceso de aprendizaje.

Propiciar una relación con los alumnos en la que se sientan libres para preguntar, aceptar opiniones diferentes,  estimular la participación, y tolerar el error como parte del proceso de aprendizaje. Es esencial desarraigar de la mente y el sentimiento de los estudiantes, el temor al fracaso, ya que esto impide que tomen riesgos para seguir intentándolo o emprender otro proyecto. Uno de los ejemplos más conocidos es la perseverancia de Thomas Alba Edison, que logró perfeccionar la lámpara de incandescencia luego de 9.999 intentos ¡Qué difícil nos la veríamos si no lo hubiera intentado una vez más!

Paulo Freire, nos dice en su libro “Por una pedagogía de la Pregunta”, que a pesar que las viejas ideas insistan en quedarse, los educadores debemos reinventar la educación, y esto exige imaginación, competencia y gusto por el riesgo: “la transición exige que la educación se revolucione, se reinvente, en lugar de sólo transformarse.”

Para reinventarnos, debemos entender las instituciones como instituciones que enseñan, pero también como instituciones que aprenden. Comprender que no tenemos el conocimiento absoluto, nos permite salir de la rutina de que todas las cosas ya fueron dichas y asumir el riesgo, el error, la curiosidad y la pregunta. Por ende nos permite crecer.

¿Nos arriesgamos juntos?

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